Testimonio: parte 1.- La confirmación


Me han pedido que relate el testimonio de mi proceso por coronavirus porque consideran que puede ser importante para otras personas. Realmente, ¿porque no?. Es algo tan distinto de lo que conocemos que sí podría servir de ayuda; así que, voy con ello.

Es muy fácil para mí hacer este relato porque aún conservo el cuaderno con todas mis anotaciones. Mi diario de Covid: la fiebre, los síntomas, cómo me sentía…

Quiero que sepas que trabajo en un hospital. Estoy acostumbrada a vivir rodeada por la enfermedad y el dolor; no les temo, no me asustan; sencillamente afronto ambas de manera muy analítica. ¿Y porqué digo esto? pues porque todo empezó como si fuera un simple catarro, casi sin moco y con un cansancio tremendo. Pasados unos días, todos los síntomas se redujeron a una tos persistente, profunda, honda, muy honda. Una tos que me tuvo noches enteras casi sin poder dormir.

¿Pensé que podía ser coronavirus? Pues al principio no. No había fiebre, ni siquiera febrícula. Y toda la información que recibíamos establecía la fiebre como factor clave. Sin embargo, viendo la evolución de la enfermedad en el propio hospital y por las noticias que recibíamos, tenía claro que si no era coronavirus, sí era una neumonía, así que fui a hablar con el médico de prevención.

-Tengo tos seca, profunda, fundamentalmente nocturna, y cansancio.

-¿Fiebre?

-No. Me he controlado y no hay fiebre, ni siquiera febrícula.

-Sigue controlándote unos días, pero si no hay fiebre no hacemos la PCR.

Seguí controlándome. Tres veces al día me tomaba la temperatura. Nada. No alcanzaba ni los 37º, sin embargo la tos seca y profunda persistía. No había expectoración. Tos seca que no cedía con nada. Por la noche, ni los antitusivos ni el agua a todas horas la hacían desaparecer. Dormía poco y mal. Estaba agotada después de una semana sin que se produjeran cambios. Bueno, cambios sí hubo, casi imperceptibles, pero los hubo. Me costaba trabajo respirar pero pensaba que era por la mascarilla. Me dolía la garganta, pero pensaba que era por la tos. Me dolía la cabeza, pero pensaba que era una de mis jaquecas incrementada al cuadrado. Porque no había fiebre.

Pero como os he dicho, soy muy analítica. Cuatro días antes de que me hicieran la PCR le dije a mi marido que debíamos dormir en camas separadas, mantener la distancia de seguridad en casa…y actuar como si fuera positiva. Todo me decía que, a pesar de la ausencia de fiebre, había algo que no cuadraba.

El 27 de marzo, después de que dos de mis compañeras dieran positivo a Covid-19, me hacen una PCR a las 9 de la mañana. Sigo trabajando. Organizar, organizar, organizar… la situación por Covid era tremenda. A las 6 de la tarde me voy para casa. Agotada. Normal, desde las 8 en el hospital, era normal que estuviera agotada.

Alrededor de las 20 h. estábamos cenando y sonó mi busca. No me extrañó, es un busca y está para que te localicen sólo que, en esta ocasión, era distinto: “Tenemos los resultados de la PCR. Es positiva“. Se me hizo un nudo en la garganta y casi no podía ni hablar con la persona que me había llamado. Me levanté inmediatamente de la mesa, cogí mi ordenador, disco duro, teléfonos y cargadores y me fui directa a mi dormitorio. A mi marido sencillamente le dije “Tengo coronavirus”. Me fui a la habitación y cerré la puerta. Intentó entrar, pero no lo dejé. Literalmente, lo eché con un “vete de aquí, ni se te ocurra entrar”.

En esos momentos, sólo pude pensar en dos cosas: 1) No transmitir a nadie el virus, principalmente a mi marido, ya que era mi único conviviente y 2) Ser yo la que se lo comunicara a mi familia más inmediata: mi madre, mi hermana y mis dos hijos. Y debía hacerlo porque no podía dejar esa responsabilidad a mi marido. Se sabía poco del maldito virus, pero sí sabía que la evolución era muy rápida. Así que debía hablar con ellos y decírselo, tranquilizarlos y… empezar a lidiarlo.

En cuestión de segundos pasaron por mi mente todo el abanico de posibilidades que se avecinaban y el miedo a lo desconocido estaba entre ellas.

Una de las principales, para mi, era el miedo a la noche, a empeorar mientras dormía y no darme cuenta.

Hablé con mi madre, con mi hermana y con mis hijos. A todos les transmití una tranquilidad que yo misma no tenía.

Hice una lista con las personas con las que más contacto había tenido, avisé a mi hoy ex jefa y empecé la cuenta atrás.

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