Ámbar, el adorable misterio


Hay historias de amor que merecen ser contadas. Hoy, comparto contigo cómo llegó a mi vida un ser maravilloso que me cambió por completo.

Como todas las grandes historias llegó sin esperarla, sin buscarla.

Lo vi por primera vez en un estado lamentable; literalmente, se estaba muriendo. No tenía fuerzas absolutamente para nada. Costaba creer que aún pudiera respirar.

Pese a todo, hicimos todo lo posible porque saliera adelante. Ni lo conocía ni me conocía, pero desde el primer día ya empezó a formar parte de nuestras vidas.

Cuando dijeron que sólo si lo hospitalizábamos podrían salvarle la vida, y correríamos con los gastos, ni una sola duda cruzó mi mente.

Y allí quedó, con suero y miles de cuidados. Todos los días, a la hora indicada, íbamos a verlo. Le hablábamos aún no sabiendo ni su nombre.

Pasados los días, empezó a reconocer nuestra voz y, con toda seguridad, el tacto de mi mano sobre su piel.

Poco a poco, empezó a reaccionar ante nuestra llegada, arrimándose para recibir su dosis de amor.

Cuando nos llamaron para decir que le daban el alta, la pregunta fue ¿y ahora qué?

Fuimos a recogerlo sin saber qué íbamos a hacer, pero basto verlo allí, demandando cariño y rebosante de alegría por vernos, para tomar una decisión: compartiría la vida con el.

Dudas…muchísimas. Para qué negarlo.

Pero llegó a casa y todas se disiparon.

Por supuesto, había que darle un nombre.

Difícil elección. Evidentemente, él no podía decirnos nada y su impacto sobre nosotros merecía que buscáramos algo especial. Debates sobre posibles nombres y ninguno era de nuestra entera satisfacción hasta que, por fin, dimos con uno que, a nuestro parecer, representaba lo que iba a significar para nosotros: Ámbar.

Y tú dirás, ¿porqué Ámbar? Pues porque representa el misterio y la sagacidad, la belleza y la luz del sol, la tenacidad y las ganas de vivir, lo oculto y lo que se muestra. Y así pensábamos que era él. Precioso en su negrura, tenaz en sus ganas de vivir, luz perfecta en una vida que casi se iniciaba sobre otras ya con años de andadura.

Y no nos equivocamos, porque Ámbar siempre aceptó nuestra casa como la suya propia, nunca la dañó, nunca tuvimos que enseñarle nada; lo recogimos cuando apenas tenía un mes de edad, pero respetaba nuestros espacios como los suyos propios. Nuestro hermoso peludo gato callejero es sagaz e inteligente, lo adoramos y nos adora.

Y no te lo vas a creer, pero cuando nos escucha por el móvil, se acerca a él, se frota y nos habla, sí, porque los gatos hablan. Yo tampoco lo creía. Hasta que Ámbar llegó a nuestras vidas y nos enseñó lo que era el amor incondicional, la lealtad y el respeto. Ese es Ámbar.

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