Ciudadana del mundo


Querido/a paciente:

Mi nombre es Alma, nací y crecí en Valladolid. Salí de casa hace siete años para estudiar aquello que, hoy, es mi pasión. Volví al lugar que me vio crecer para demostrarle todo lo que había aprendido lejos. Y, ahora, al igual que tú, mi vida también está parada. No quiero escribirte una típica carta de Mr. Wonderful que hable sobre lo bonita que es la vida, la paciencia que debes tener en estos momentos y la esperanza de que volveremos a tomar cerveza en la terraza de cualquier bar. Porque sé que eso ya lo sabes. Sin ánimo de parecerte algo narcisista en mis palabras, déjame que te cuente un poco sobre lo que he tenido la fortuna de vivir en algunas de mis experiencias lejos del corazón de Castilla. Como te decía, tengo una pasión que ha dirigido mi vida desde que, con 18 años, decidí estudiar Psicología. Gracias a eso, y tras haber deambulado por cinco ciudades diferentes de nuestro país, decidí embarcarme en una aventura que, sin duda, fue la segunda decisión más acertada de mi vida (después de la elección de mi carrera). Hay una pequeña ONG, llamada “América Solidaria”, que trabaja por toda Latino américa en pro de la infancia: capta voluntarios profesionales para trabajar en diferentes proyectos benéficos, que deseen donar un año de su vida ejerciendo su profesión. Llegué casi por azar a postular para ser una integrante más, con la ilusión de que el mundo puede cambiarse. Y así, acabé en un avión dirección Santiago de Chile abandonando todo cuanto conocía en España. Llegué a Santiago un 13 de marzo de 2018, y tras unas semanas de formación, conocí el que sería mi nuevo hogar durante el próximo año: una pequeña escuela llamada Casa Azul en uno de los barrios más pobres de la ciudad. Casa Azul fue fundada por presos políticos y exiliados de la dictadura chilena que, al igual que la nuestra, mantuvo al país en el terror y la esclavitud durante 17 años. La escuela nació con el objetivo de educar a los niños del barrio, los cuales estaban condenados a la pobreza y la delincuencia (con todo lo que eso implica). En Casa Azul no solo pude desarrollarme como profesional, sino como persona. Pude conocer en primera fila cómo la inocencia infantil era corrompida por el maltrato, las drogas y el abandono. Aun no puedo recordar ciertos momentos sin sentir cómo se me aguan los ojos. Fui testigo de cómo, los niños que había aprendido a querer, eran abusados por su padre, maltratados por su madre, o abandonados por su familia. Me encontré en un mar de frustración en el que me sentía ahogada entre tanta violencia. Tantos años estudiando y dudé de cuánta capacidad tenía para aportar algo en la vida de una niña de 13 años que había sido violada por su padre, y más tarde por su hermano, siendo su familia testigo inerte del suceso (entre otros ejemplos).En la universidad no te preparan para esto.

Durante este año, me permití viajar lo que el tiempo de descanso escolar me dejaba. Afortunadamente, tener euros en esos países es un privilegio a la hora de hacer turismo. Así, llegué a Bolivia, donde perdí la cuenta de los niños que me sirvieron en restaurantes; perdí la cuenta de las personas mayores que contemplé durmiendo en cualquier esquina de La Paz. Lloré al ver a niños bailando en la calle por unas monedas de algún turista piadoso. Si venía aterrorizada de la realidad de la pobreza chilena, en Bolivia me sentía morir de la pena. Perdóname por tanta desgracia y pesimismo, pero te advertí que esta no era una carta de mensajes positivistas. Si algo aprendí, en todo este recorrido, fue sobre la fortuna de haber nacido en Valladolid, en España y en mi familia. No hace falta cruzar el océano para ser testigo de la pobreza y la violencia. Desgraciadamente, ésta se encuentra cada día a la vuelta de la esquina de donde vivimos, pero a veces, hay que quitarse la venda para verla. Y eso es toda esta situación para mí: una forma inesperada y repentina de quitarnos la venda a todos. De mostrarnos lo afortunados que somos por tener una casa en la que sentirnos a salvo, por tener una cama en un hospital cuando estamos en enfermos, por sentirnos cuidados por una familia, o, en este caso, unos profesionales sanitarios. Lo que está ocurriendo, es una desgracia mundial sin precedentes ni consuelo. Pero no se me ocurre otro lugar mejor en el mundo en el que pasarla, que en nuestro país. Por eso, querido/apaciente, quiero desearte ánimo y tranquilidad, pero sobretodo, mucho aprendizaje. Si algo bueno traen las desgracias, es que nos enseñan algo fundamental de la vida, y eso, solo puedes descubrirlo tú. Que tanto dolor no haya sido en vano, y nos ayude a crecer desde una visión más justa de la sociedad; que aprendamos a seguir uniéndonos como personas y ayudarnos desde la solidaridad y el amor. Ojalá te mejores pronto, y vuelva a ser costumbre celebrar la vida con unas cervezas al sol. Un fuerte abrazo,

Alma

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