Te invito a un bizcocho


Hola, no te conozco pero aquí estoy. Esta no es la primera carta que escribo, y probablemente tampoco sea la última ante esta inusual situación que nos abarca.
No te conozco, pero aquí estoy. Tratando de conseguir que tú me conozcas a mí un poco. Me llamo María, tengo 18 años y vivo en Cartagena (una ciudad preciosa, por cierto). Por el momento estoy estudiando Educación Primaria, y digo por el momento porque a pesar de que me parece una carrera preciosa y digna de admiración, estoy más perdida que un pulpo en un garaje, además tan solo llevo un año en la universidad.
¿Sabes? Me resulta complicado escribirle a alguien que no conozco. Me da cierto respeto, porque… ¿cómo hablas con alguien que no conoces? Supongo que normal ¿no? Pero… exactamente, ¿qué se considera normal?
Bueno, pues sinceramente te voy a contar que ayer por la tarde hice un bizcocho de chocolate. Y lo voy a hacer como si se lo contara a una de mis amigas. Es decir, a partir de este momento somos grandes amigos, ¡y yo encantada! Pues como te comentaba ayer por la tarde hice un bizcocho de chocolate (deberías de sorprenderte, está más que demostrado que la cocina es un imposible para mi), además lo hice sola (por favor, sorpréndete x2). A ver, el bizcocho está bueno pero… (sería raro que no hubiese un pero) en algunas zonas no terminó de hacerse del todo. Aún así, las nueces le
dan un toque sabroso que hace que te olvides de este pequeño detalle.
Y bueno, supongo que hay que explicar por qué cualquier persona racional que me conozca se pensaría dos veces el tomar algo que yo haya cocinado. Mi hermano (que tiene 16 años) es quizás quien mejor que nadie podría responder a esta cuestión. Un día que mis padres salieron a comer fuera, me dispuse a hacer arroz 3 delicias para comer. Bien pues tras haber frito la verdura, me disponía a hacer el arroz y ¿qué hice? Yo, ilusa, eché los granos de arroz directamente a la sartén (sin cocerlos previamente). Estuve por lo menos 20 minutos removiendo el arroz con la verdura en la sartén hasta que apareció mi hermano y, no tuvo que decir nada, su cara me lo dijo todo. A partir de ese momento, y tras la última vez que hice un simple huevo frito el pasado verano de viaje en Mallorca que el aceite me saltó y me hice varias quemaduras en el pecho porque prácticamente lancé el huevo a la sartén, decidí retirarme lo más dignamente que podía de una dura lucha con mis habilidades para con la cocina. Y es por ello por lo que siempre acaba cocinando mi hermano.
Y tras estas frustrantes aunque espero que entretenidas historias he de ir terminando esta peculiar carta. Son las 19:50 y los balcones nos esperan ansiosos para un día más recibir nuestras ovaciones hacia los sanitarios y todas aquellas personas que con sus trabajos o cumpliendo con responsabilidades sociales hacen que sea posible seguir adelante. Pero esas ovaciones a modo de aplausos también van dirigidas a personas en tu misma situación. Porque sois fuertes. Sois muy valientes. Y yo os admiro inmensamente.
Te admiro. Admiro tu serena valentía para afrontar esta situación. Admiro tu capacidad de logro y superación. Admiro tu actitud, independientemente de cuál sea. Eres fuerte, eres valiente. Y yo, te admiro. Y recuerda que todos estamos contigo, que todos somos uno contra este bichejo. Ha sido un verdadero placer charlar contigo, gracias. Y gracias sobretodo por leerme (o escucharme). Mucho ánimo en este imprevisto asalto en la conocida batalla “vida”.
Un sincero y cálido abrazo,
María.

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