INFORMACIÓN DE ESTE SITIO


Queridos amigos y seguidores, como sabéis, el blog cartasvenceremos lo cree con motivo de la Covid para trasladar cartas de ánimo a los pacientes en aislamiento. Ha cumplido su función. Si fuera necesario, nuevamente volvería a activarlo pero, de momento, siento deciros que este sitio, va a estar inactivo.

Os invito a seguir mi blog SOLEDALIA, que ya muchos seguís, en https://soledalia.blog/ dedicado a viajes, lecturas y reflexiones varias.

Ha sido un placer teneros por aquí y os espero en SOLEDALIA.

Un abrazo.

Soledalia

Sensaciones


Recuerdo con añoranza aquellos momentos de mi infancia marcados por los viajes al pueblo. Unos viajes largos y maravillosos en los que recorrer 150 kilómetros implicaba hacer varias paradas y destinar casi un día entero para llegar al destino.

Cuando, al fin, llegaba a la casa de la abuela, y después del obligado abrazo, iba corriendo a mirar la mesa camilla de mi habitación, totalmente segura de lo que iba a encontrar en ella; sobre la misma, una jarra con rosas de nuestro rosal silvestre, preciosas y olorosas y, en e bajo de la mesa, un magnífico plato de arroz con leche. La habitación olia a rosas nada más abrir aquella puerta azul cobalto con cuatro vidrieras.

El otro gran momento era la hora del sueño, cuando te metías en la cama con unas sábanas blancas que olían a jabón, agua limpia, sol, aire y luz. Me arropaba hasta la nariz sólo por el puro placer de sentir el tacto de esas sábanas, cerraba los ojos y me inundaba de su olor.

Aquellas coladas con jabón hecho a mano, lavadas con el agua de un pozo artesiano que sólo sabía a agua, sin añadidos de cloro ni sustancias extrañas, y que portábamos diariamente hasta casa en cántaros de barro son una de las sensaciones más entrañables que guardo de mi infancia.

Esta imagen, indiscutiblemente, me ha traído a la memoria todas aquellas sensaciones y recuerdos. Aquellos veranos en el pueblo, con la abuela. El rosal y la parra de la que comía según pasaba, corriendo, de un patio a otro. El sol de la tarde y la ropa en la hierba. El frescor de la casa con sus paredes de adobe. La paz, la tranquilidad y el amor.

La vida en tres hechos


Dice el poeta cubano José Martí, que cada persona no puede pasar por la vida sin haber hecho 3 cosas fundamentales: tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol.

Hijos he tenido dos y son una de las mejores cosas que me ha pasado en esta vida. Estoy muy orgullosa de ellos. Para mí son lo más importante y por ellos daría mi vida y todo lo que tengo, por su salud y su felicidad.

Libros he escrito varios; cada uno de ellos son como pequeños hijos inanimados que tampoco quiero perder. Me han proporcionado experiencias y situaciones maravillosas, un aprendizaje que me ha llevado a conocer gentes que de otra manera no hubiera conocido. Me han hecho ver el bien y el mal de las personas y de las instituciones. En definitiva, me han ayudado a crecer en lo humano y en el conocimiento.

De los distintos árboles que he plantado me quedo con el olivo, porque no lo elegí por su belleza, que la tiene, sino por su significado. Símbolo de paz a la entrada de mi casa, longevo y con una madera llena del misterio que le dan los años. El olivo, cuyo primer ejemplar crece en la Acrópolis gracias al regalo de la divinidad femenina que simboliza la paz matriarcal. No podía ser otro el que presidiera la entrada a mi hogar.

Así que, ya ves, creo que mi paso por la vida no quedará estéril en ninguno de los tres casos. Cuando los miro pienso que, al fin, que es la inmortalidad sino esto. Vivir por los tiempos a través de lo que creamos.

Galán de media tarde


Baja el sol en el horizonte
A encontrarse con su amada.
Como un beso prolongado,
Como un abrazo tranquilo,
Seguro, cálido y protector
De un galán de media tarde
Que no se escapa hasta el alba.

Mi casa


Queremos crecer. Cambiamos de residencia, de trabajo y hasta de amigos. Nos convencemos de que en ese cambio está nuestro crecimiento; sin embargo, cuando volvemos la mirada, añoramos el lugar que acunó nuestra infancia.

Porque es ahí donde nace nuestro crecimiento y nuestros miedos, nuestro ser como personas. Da igual si has nacido o no en ese lugar. Es el que te formó, para bien o para mal.

Por eso me gusta volver.

Para recorrer sus calles, oler su aroma y sentir a sus gentes. Porque, para mi, después de tantos años fuera de alli, Gijón sigue siendo “Mi casa”.

La fuerza del querer


Decir no puedo es lo mismo que decir no quiero. No hay fuerza mayor que la de la voluntad y la seguridad de alcanzar aquello en lo que se cree.

Algo así debió de pasarle al Marqués de la Ensenada, cuando inició las obras para hacer realidad su gran sueño.

Así, esta gran obra de ingeniería hidráulica que permitió unir Castilla con el mar, generó empleos, fábricas de harina, llegada de mercancias imposibles…y nos legó un paraje único en esta desolada y árida Castilla.

Gracias a un sueño, Castilla es ancha y navegable.

La luz y su mirada


Abres los ojos y miras a tu alrededor.

Los cierras porque, en realidad, no deseas ver.

Piensas que, realmente, no merece la pena cerrar la mirada.

Abres lentamente los ojos y dejas que la luz cambie tu perspectiva.

Al final, todo depende de la luz que te ilumine.

Testimonio: parte 2. El aislamiento y la salida


Pasé la primera noche con la angustia de la incertidumbre. Una sensación que acabó conviviendo conmigo durante las tres semanas de mi aislamiento. Piensas que vas a salir de esta. Piensas que a lo mejor no sales.

Sentimientos contradictorios y, sobre todo, preocupación no tanto por mi como por mi familia. Y la seguridad absoluta de que había que hacer absolutamente todo lo que estuviera en mi mano para intentar superarlo.

La proteína se convirtió en mi plato favorito, a todas horas. Y nunca mejor dicho, porque el apetito desapareció pero iba picando poco a poco lo que sobraba de cada ingesta. Me obligaba a comerla. La gelatina fue uno de mis postres y desayunos habituales.

Todos los días fregaba mis platos y bandeja antes de dejarlos en la entrada de mi habitación. Y todos los días limpiaba a fondo toda la habitación y cuanto utilizaba. Si aún no había contagiado, no sería ahora cuando lo hiciera.

A veces me faltaban las fuerzas y la limpieza tenía que hacerla por fases entre las que debía intercalar momentos de descanso. Pero la completaba.

El ordenador, ek móvil y este blog, fueron una tabla de salvación. Diariamente leía las cartas que enviaban, las seleccionaba y compartía en un horario irregular que se movía con el desarrollo de la propia enfermedad, porque el cansancio infinito que me tuvo en la cama casi tres días seguidos no impidió que me desconectara.

Todos los dias recibía la llamada del médico, a días alternos me llamaban mi médico de cabecera y el médico de salud laboral, ya que me reconocieron el proceso como accidente laboral.

Eran los únicos contactos que tenía los profesionales sanitarios y su llamada me permitía consultar mis dudas y conocer su valoración sobre mi evolución. Nu ca les estaré lo suficientemente agradecida por la tranquilidad que me transmitieron en cada llamada.

A la semana de mi aislamiento, y cuando ya los síntomas habían empezado a remitir, me desperté a media noche porque me faltaba el aire. Fiebre normal, saturación de oxígeno baja… vuelve la angustia.

Hay que esperar. Sabes que estás sola. Carece de sentido llamar a la persona que está contigo. Llamar al médico tampoco es la solución, y mucho menos a urgencias. Esperar y controlar. No hay más opción.

Por la mañana, poco a poco, todo empezó a volver a la “normalidad”. Una normalidad que se fue prolongando hasta el fin del aislamiento.

Mi cumpleaños llegó durante el aislamiento y es uno de los más entrañables que tendré porque toda mi familia se empeñó en estar conmigo aunque fuera en la distancia: llamadas grupales, videos, fotos y hasta una tarta con vela para recordarme que NO ESTABA SOLA.

Cuando a las tres semanas, y después de 7 días sin síntomas me repitieron la PCR, sólo rezaba porque fuera negativa.

La llamada llegó ese mismo día a las 20h. NEGATIVA.

Al día siguiente me llamó mi médico de cabecera y pedí el alta. Empecé a trabajar al día siguiente.

Estar sola y aislada te ayuda a conocer a los que te acompañan por el camino.

Aquellos a los que de verdad importas te llaman casi a diario. Te distraen con su cháchara bien planificada y te dan el cariño que precisas aún en la distancia. Guardan su preocupación para sí mismos y sólo piensan en ti.

Después están los otros, los que toman tu enfermedad con absoluta indiferencia, con un desprecio absoluto por tu estado y casi con dudas de que realmente estés pasando por esto. Estos no merecen más comentario que la absoluta certeza de que no significan nada en tu vida ni en tu historia. Seres despreciables que se nutren de tu energía. Parásitos de las relaciones humanas.

Y la familia. La que sufre contigo y vive cada momento con una angustia superior a la tuya. Aquí están mis hijos y mi marido, que se convirtió en un cuidador excepcional que ponía una nota de amor en cada gesto diario. A él tengo que agradecer todo el ánimo que me insuflo y su constante preocupación.

Testimonio: parte 1.- La confirmación


Me han pedido que relate el testimonio de mi proceso por coronavirus porque consideran que puede ser importante para otras personas. Realmente, ¿porque no?. Es algo tan distinto de lo que conocemos que sí podría servir de ayuda; así que, voy con ello.

Es muy fácil para mí hacer este relato porque aún conservo el cuaderno con todas mis anotaciones. Mi diario de Covid: la fiebre, los síntomas, cómo me sentía…

Quiero que sepas que trabajo en un hospital. Estoy acostumbrada a vivir rodeada por la enfermedad y el dolor; no les temo, no me asustan; sencillamente afronto ambas de manera muy analítica. ¿Y porqué digo esto? pues porque todo empezó como si fuera un simple catarro, casi sin moco y con un cansancio tremendo. Pasados unos días, todos los síntomas se redujeron a una tos persistente, profunda, honda, muy honda. Una tos que me tuvo noches enteras casi sin poder dormir.

¿Pensé que podía ser coronavirus? Pues al principio no. No había fiebre, ni siquiera febrícula. Y toda la información que recibíamos establecía la fiebre como factor clave. Sin embargo, viendo la evolución de la enfermedad en el propio hospital y por las noticias que recibíamos, tenía claro que si no era coronavirus, sí era una neumonía, así que fui a hablar con el médico de prevención.

-Tengo tos seca, profunda, fundamentalmente nocturna, y cansancio.

-¿Fiebre?

-No. Me he controlado y no hay fiebre, ni siquiera febrícula.

-Sigue controlándote unos días, pero si no hay fiebre no hacemos la PCR.

Seguí controlándome. Tres veces al día me tomaba la temperatura. Nada. No alcanzaba ni los 37º, sin embargo la tos seca y profunda persistía. No había expectoración. Tos seca que no cedía con nada. Por la noche, ni los antitusivos ni el agua a todas horas la hacían desaparecer. Dormía poco y mal. Estaba agotada después de una semana sin que se produjeran cambios. Bueno, cambios sí hubo, casi imperceptibles, pero los hubo. Me costaba trabajo respirar pero pensaba que era por la mascarilla. Me dolía la garganta, pero pensaba que era por la tos. Me dolía la cabeza, pero pensaba que era una de mis jaquecas incrementada al cuadrado. Porque no había fiebre.

Pero como os he dicho, soy muy analítica. Cuatro días antes de que me hicieran la PCR le dije a mi marido que debíamos dormir en camas separadas, mantener la distancia de seguridad en casa…y actuar como si fuera positiva. Todo me decía que, a pesar de la ausencia de fiebre, había algo que no cuadraba.

El 27 de marzo, después de que dos de mis compañeras dieran positivo a Covid-19, me hacen una PCR a las 9 de la mañana. Sigo trabajando. Organizar, organizar, organizar… la situación por Covid era tremenda. A las 6 de la tarde me voy para casa. Agotada. Normal, desde las 8 en el hospital, era normal que estuviera agotada.

Alrededor de las 20 h. estábamos cenando y sonó mi busca. No me extrañó, es un busca y está para que te localicen sólo que, en esta ocasión, era distinto: “Tenemos los resultados de la PCR. Es positiva“. Se me hizo un nudo en la garganta y casi no podía ni hablar con la persona que me había llamado. Me levanté inmediatamente de la mesa, cogí mi ordenador, disco duro, teléfonos y cargadores y me fui directa a mi dormitorio. A mi marido sencillamente le dije “Tengo coronavirus”. Me fui a la habitación y cerré la puerta. Intentó entrar, pero no lo dejé. Literalmente, lo eché con un “vete de aquí, ni se te ocurra entrar”.

En esos momentos, sólo pude pensar en dos cosas: 1) No transmitir a nadie el virus, principalmente a mi marido, ya que era mi único conviviente y 2) Ser yo la que se lo comunicara a mi familia más inmediata: mi madre, mi hermana y mis dos hijos. Y debía hacerlo porque no podía dejar esa responsabilidad a mi marido. Se sabía poco del maldito virus, pero sí sabía que la evolución era muy rápida. Así que debía hablar con ellos y decírselo, tranquilizarlos y… empezar a lidiarlo.

En cuestión de segundos pasaron por mi mente todo el abanico de posibilidades que se avecinaban y el miedo a lo desconocido estaba entre ellas.

Una de las principales, para mi, era el miedo a la noche, a empeorar mientras dormía y no darme cuenta.

Hablé con mi madre, con mi hermana y con mis hijos. A todos les transmití una tranquilidad que yo misma no tenía.

Hice una lista con las personas con las que más contacto había tenido, avisé a mi hoy ex jefa y empecé la cuenta atrás.

Simple orégano


Si algo nos ha enseñado esta pandemia es que la belleza no siempre está en el valor del objeto ni en la riqueza de la persona. La belleza, como el amor o la amistad, con frecuencia se hallan en la simplicidad de las cosas y en el corazón de las personas.

Por eso esta preciosa imagen de una ramita de orégano, simple y bello, lleno de aroma y color, me trae a la mente el valor de las cosas sencillas, pero también el de las personas que son capaces de reconocer y apreciar esa belleza.

Y así es Alicia Galdames, a la que conocí hace siete años en Santiago de Chile y a la que tengo el privilegio de llamar amiga.

Ella es la artífice de muchas de las imágenes de mi blog. Es una artista estupenda que sabe captar lo que de verdad importa sin otro condicionante que lo que es capaz de transmitir.

Belleza en estado puro.

Así que, ya veis, ni la distancia ni un océano por el medio han sido obstáculo para colaborar. Y es que el poder de las cosas sencillas, como la amistad, es infinito.

Y ahí entras tu, que nos lees, que nos sigues, con tu poder infinito para que sigamos escribiendo y publicando para ti.

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